domingo, abril 03, 2011

El trasfondo de la crisis árabe

Comenzó en Irak y Egipto, sigue en Siria, Yemen y, con fiereza, en Libia. La simple lectura de este conflicto generalizado en los pueblos y países árabes, señala que quieren sacudirse de dictaduras o presidentes incapaces. Y allá acuden a ayudar los demócratas y humanitarios países de occidente con su portaestandarte Estados Unidos de Norteamérica.

Pero, se debe ahondar más sobre las causas del conflicto en el que no sólo está en juego valores políticos y sociales, sino también económicos y hasta religiosos.

El antecedente que puede ayudar en esta reflexión está en la invasión a Irak, ejemplo patético de cierta “política” internacional basada en falsedades. La historia inmediata y la que queda para los tiempos venideros, juzgará este acto bélico de la “coalición”. Motivada en una mentira, que ahora se sabe que era conocida antes, analistas, políticos, historiadores imparciales e incluso de los bandos opuestos, sostienen esta certeza.

De esta manera quedó desnuda una verdad: la invasión a Irak tenía el objetivo de controlar el petróleo de ese país que, hasta años antes gozaba del respeto a su soberanía de los mismos que lo atacaron.

En aquella ocasión, el presidente George W. Bush (en lo que su prensa minimizó o llamó lapsus), declaró que el ataque era una “cruzada”, dándole el cariz religioso. La mayoría de los pueblos de países árabes en crisis es musulmana, palabra que espanta al sólo oirla a la población de los países de occidente, de confesiones cristianas.

Los conflictos en estos países árabes coinciden con las informaciones del declive de los yacimientos de petróleo en el mundo, combustible que literalmente hace andar sus economías. Así aparece el fuerte interés en las intervenciones directas e indirectas en países con regímenes críticos de occidente.

Pero, también el mundo se pregunta por qué otros países petroleros con regímenes autoritarios, como Arabia Saudita, origen de Osama Bin Laden, y una aristocracia férrea y regidos por leyes que serían intolerables en una democracia, gozan el apoyo del mundo civilizado y nunca son mencionados en los informes oficiales sobre derechos humanos.

No es todo, pero los análisis que el público consume, no deben quedarse en medias verdades.

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