El año 2011 no fue perezoso en mostrar sus credenciales. Desde enero surgieron con fuerza acontecimientos que apuntan a ser importantes en la configuración geoestratégica de algunas zonas del planeta. Las revueltas en el mundo árabe, denominadas en algunos medios de comunicación occidentales "primavera árabe" asimilándolas alegremente con la de Praga, han producido un impacto importante en la configuración geopolítica de Europa, la cuenca mediterránea y Oriente Próximo.
Ese impacto es directo en el mundo árabe y también meridianamente esclarecedor en Europa, en las relaciones trasatlánticas y en la configuración de nuevos actores. Hasta ahora, el aparente equilibrio de esta zona del mundo se conformaba con la Unión Europea, la Alianza Atlántica y una plétora de actores árabes entre los que se incluían el perdonado régimen libio, el Egipto de bajo perfil desde los acuerdos de Camp David de 1978, los regímenes hereditarios de Siria y Marruecos, el pujante Túnez y la supremacía espiritual y financiera de la casa de Saud con su protectorado sobre los países del Golfo.
Cualquier alteración del equilibrio geopolítico es un hecho de la mayor importancia y aquel actor estratégico que es consciente del hecho está en condiciones de poder situarse e influir en la situación, por el contrario, aquellos que siguen en la partitura anterior están condenados a ser arrastrados por una corriente desfavorable para sus intereses. El equilibrio que tenía por eje la cuenca mediterránea se ha alterado por la confluencia de tres crisis, dos de ellas más o menos disimuladas: la de la Unión Europea y la de la Alianza Atlántica, la tercera es la del mundo árabe, si consideramos las revueltas en esos países como parte de un todo. El iniciador que ha puesto al desnudo la situación se ha materializado por un impulso de rasgo occidental: la intervención por motivos humanitarios, que se ha efectuado en nombre de la comunidad internacional en Libia.
Aunque los líderes de la Unión Europea siguen anclados en el objetivo avanzar hacia "una Unión más integrada", el hecho es que la crisis de las deudas soberanas en la eurozona ha venido a poner de manifiesto, no ya simples desacuerdos entre socios, sino desequilibrios estructurales, producto del hecho de haber obviado los factores geopolíticos en la construcción de una Unión que fuese posible, no aquella diseñada sobre ensoñaciones y puesta a funcionar a lomos de una burocracia muy perfeccionada. La actual crisis del Mediterráneo era una buena oportunidad para poner en funcionamiento las previsiones del Tratado de Lisboa en cuanto a política exterior y de defensa, pero el ejercicio autónomo del poder por parte de los principales socios de la Unión, como no podía ser de otra manera, ha dejado muy tocada la ya muy tenue credibilidad de la UE como actor estratégico. La situación podría resumirse de forma castiza en aquello de que "la caridad empieza por uno mismo", porque cada uno es cada uno y unos son más que otros.
La entente frugal, los acuerdos de Defensa entre Francia y Reino Unido del pasado Octubre con ocasión de los recortes presupuestarios, era un heraldo del tiempo por venir. A diferencia de los acuerdos de Saint Maló de 1998, esta vez en la primera ocasión que se ha presentado, los han aplicado. Franceses y británicos, siendo las potencias nucleares europeas, conservan aún capacidades militares convencionales de cierta solvencia expedicionaria y las emplean como baza, junto con una agresiva acción diplomática, para contrarrestar el creciente poder alemán basado en su economía. Libia era una ocasión propicia para exhibir poderío político, y así lo han hecho. Tanto Francia como Reino Unido han demostrado que el poder blando de la Unión, por si solo en la esfera internacional, sirve para ahondar en la irrelevancia.
Es también cuanto menos chocante la falta de protagonismo del Consejo Atlántico durante la crisis de Libia y, el hecho de que existe algo más que la apariencia de que haya sido suplantado por un directorio ad hoc, es algo que invalida el Concepto Estratégico de Lisboa a los pocos meses de su aprobación, porque esta circunstancia era, simplemente, no imaginable y, por lo tanto, las previsiones del Concepto no podían estar basadas en ella. La divergencia de voto de los aliados en el Consejo de Seguridad de la ONU, al igual que en 2003 con la guerra de Irak, es el preludio de un desacuerdo en el Consejo Atlántico y, por lo tanto, de una solución chapucera a cocinar. La estructura militar de la organización de la Alianza, la OTAN, no debe convertirse en un instrumento que pueda utilizarse al margen de la dirección política plena del Consejo, no debe estar en alquiler. Afganistán y Libia son hitos que, precisamente, no jalonan un futuro halagüeño para la Alianza. La imagen de la aportación canadiense, o la noruega, en el Mediterráneo (flanco Sur) y la ausencia alemana valen más que mil palabras.
La tercera crisis, la del mundo árabe, no ha sido precisamente un cisne negro en el sentido que le atribuye Nassim Taleb, ese suceso con tres características: algo que está en el ámbito de lo inesperado, produce un impacto extremo y que, si se hubiese prestado la atención debida, podría esperarse como una posibilidad cierta. Reducir los acontecimientos a que esas sociedades reclaman democracia es una actitud pueril, exponente de una narrativa falaz pero que actúa como palanca para la toma de decisiones. El mundo árabe forma parte del musulmán y tiene su propia dinámica, producto de sus antecedentes históricos y de su cultura. Los cambios en el mundo árabe seguirán sus propios pasos, sus causas son complejas y de hondo calado, difíciles de adaptar a la visión occidental.
Aunque no son equiparables, tanto la demografía como el impacto de las tecnologías de la información han tenido su incidencia como detonador en las revueltas árabes, pero los hechos hay que enmarcarlos en el devenir histórico reciente. El mundo árabe, una vez que la idea socialista murió con Nasser y el liderazgo pasó a manos del wahabismo saudí, se convirtió en el antagonista del Irán jomeinista, con su radicalismo chií. Hoy esa situación de enfrentamiento teocrático, está mutando dada la irrupción de Turquía que busca su hegemonía estratégica en la región por la adopción de un islamismo de características propias y en el rescatado impulso histórico de reconstituir el califato que destruyó el kemalismo. La aproximación turca al problema es blanda, no desea enemigos, busca liderazgo y puede que la presente crisis le brinde esa oportunidad. Ankara, no Teherán ni Riad, es la referencia para un hipotético Califato.
Las tres crisis apuntadas no son de la misma naturaleza, las dos primeras, la Unión Europea y Alianza Atlántica, tiene características más bien existenciales con perspectivas de un melancólico languidecimiento, la del mundo árabe apunta a un proceso más o menos largo, de transformación dentro de su precario equilibrio interno. En estas tres crisis están inscritos los intereses nacionales de España, preservarlos requiere de unas sólidas políticas para la constitución y aplicación de los potenciales diplomáticos y militares. Esa tarea no es aplazable y requiere una sólida dirección estratégica.

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