Un dramático proceso se está viviendo el mundo árabe en el norte de África (Magreb) y en el Oriente Próximo. Está compuesto por 22 naciones y una población del orden de los 360 millones de personas, en su inmensa mayoría de religión musulmana.
Este conjunto de naciones poseen una serie de características comunes; todas ellas deleznables para quienes creen que la libertad, la igualdad y la dignidad son derechos esenciales del hombre:
*Dictaduras longevas y cleptócratas, disfrazadas de repúblicas o monarquías constitucionales.
*Mecanismos de sucesión familiar para conservar el poder.
*Inexistencia o fuerte limitación de libertades políticas y sociales.
*Sistema de represión institucionalizado, con una fuerte presencia de servicios secretos.
*Elevadísimos grados de corrupción.
*Poderes judicial y legislativos férreamente dominados por los dictadores.
¿Cómo es posible que Occidente haya tolerado este dramático escenario? La respuesta se halla en la aplicación por parte de las principales democracias del lamentable principio de la “real politik”; esto es: manejo de la política exterior de un país en función de los intereses políticos y económicos, más que en base a principios éticos y morales. Esta perversa estrategia ha sido la que empleó Occidente para “aceptar” la trágica situación del mundo árabe con el objetivo económico de asegurar su abastecimiento petrolero y el político de lograr una supuesta estabilidad” en el área. A estos afectos aceptó como verdadera -para el mundo musulmán en general y para el árabe en particular- la siguiente disyuntiva: o dictaduras aliadas o el caos de gobiernos teocráticos fundamentalistas, al estilo del régimen iraní. Más aún; se llegó a afirmar que ni la libertad ni el sistema republicano liberal eran valores compatibles con la cultura musulmana. Estas argumentaciones son falsas -Turquía es una buena prueba de ello- y sólo sirvieron de pretexto para dar alguna validez moral a la “real politica".
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