Todavía no está claro hacia dónde se dirigen las revueltas en el mundo árabe. La ola que se formó tras la sublevación en las calles de Túnez en enero aún no llegó a la orilla, por así decirlo.
Desde Marruecos a Muscat, los gobernantes árabes están ahora recibiendo el mensaje claro de que el statu quo que ha existido en su país durante años, incluso décadas, le resulta inaceptable a una gran parte de su población.
Las protestas están en diferentes etapas en diferentes países y sería un error pensar que este es un único movimiento con una oposición unida y un programa común. Pero todavía hay elementos comunes que atraviesan toda la región.
Sí, se trata de puestos de trabajo y oportunidades, los precios de los alimentos y la corrupción, pero muchos -especialmente los jóvenes urbanos bien educados- quieren algo más que comodidad económica. Quieren un sistema político que no se vea obstaculizado por opresión de un gobierno autocrático.
Así que, a puertas cerradas, en palacios fastuosos y mansiones bien vigiladas, la pregunta fundamental que resuena en los círculos internos del gobierno es: ¿qué podemos darles para seguir en el poder?
Cuando en Túnez y Egipto los presidentes fueron derrocados en un corto espacio de tiempo todos los comentarios hacían alusión a un "efecto dominó" y se especulaba con que los regímenes autocráticos árabes inevitablemente irían cayendo, uno por uno.
La única cuestión, decía la gente, era cuál sería el próximo. Hemos visto una serie de concesiones hechas a toda prisa por parte de los gobernantes que presas del pánico tomaban medidas para evitar que su continuidad estuviera bajo amenaza.
El presidente de Yemen se comprometió a retirarse en 2013, el rey de Jordania despidió a su gabinete, Argelia levantó el estado de emergencia y Arabia Saudita y Bahréin anunciaron abultados desembolsos de dinero. Estas son medidas para salir del paso, por supuesto, y no soluciones a largo plazo.
Pero lo que sin duda ha apagado las expectativas de un cambio rápido y radical son los sucesos de Libia.
Si el líder libio Muamar Gadafi y su familia hubieran sido expulsados del poder en pocos días, el impulso de Túnez y El Cairo se habría mantenido.
Sin embargo, el régimen libio, como hemos visto la semana pasada, se atrincheró y está luchando contra sus adversarios, utilizando su fuerza militar e influencias.
Más allá de si Gadafi sobrevive durante días, meses o años, es evidente que derrocarlo no es pan comido y que habrá costado muchas vidas.
La agencia Reuters citaba el viernes a Brendan Simms, profesor de historia de las relaciones internacionales de la Universidad de Cambridge, diciendo que "Libia es donde el fuego de la revolución de Túnez y Egipto podía disiparse. Hay mucho en juego".
Ahora echemos un vistazo a cómo están hoy los levantamientos, país por país.
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