jueves, marzo 31, 2011

La crisis en el mundo árabe y la hipocresía de Occidente

Como si faltara poco para complicar el ya difícil panorama de la realidad árabe, los movimientos de protesta se expanden a gran velocidad y turbulentamente. Iniciados mediáticamente en Túnez por un tal Mohammed Bouazizi, vendedor callejero que se inmoló frente a la tiranía, las protestas ya se llevaron por delante al tunecino Zine Ben Alí y al egipcio Hosni Mubarak. Hoy,  una guerra civil sacude la Libia de Muammar Kadafi y tiene en ascuas al régimen de Bahrein, al de Siria y a Yemen.

Años de una real política diplomática creada para preservar la estabilidad de la región y cuidar los recursos energéticos, sin importar la calidad moral de los regímenes mientras preservaran el petróleo, están hoy en proceso de dudas y críticas, que muestra, además,
las carencias de las potencias mundiales para controlar la situación. Europa no tiene los recursos económicos y militares para impedir que fulanos como el líder libio capturen a ciudadanos occidentales, cierren los grifos de los oleoductos o instiguen a un aluvión inmigratorio que ponga en jaque al viejo continente.
De la misma forma que Marruecos es importante para Madrid, lo es Argelia para París, Libia para Roma, Omán para Londres y Jordania para Tel Aviv o Berlín,  y sobre todos ellos sobrevuelan los intereses de Washington. La adopción de una política de sanciones –que incluyen embargos de armas y depósitos bancarios- de manera común a todo aquel régimen que vulnere los derechos humanos fue propiciada por Nicolás Sarkozy, que tomando posiciones para los próximos comicios, adoptó una postura especialmente firme con el líder de Trípoli, aunque no así con otros regímenes déspotas pero más cercanos a los intereses galos.

Su par británico, David Cameron, está intentando distanciarse de la política de Tony Blair y sus pactos con tiranos, no solamente para hacer negocios, sino para buscar apoyos en la “guerra contra el terror”, entre esos mismos déspotas que también  temen a los radicales extremistas. El jefe conservador realizó una visita a Omán, Qatar, Kuwait y Egipto para explicar la política del gobierno inglés y propició cierta disculpa por el modo que tiene su país de considerar a los pueblos árabes como poco aptos para mantener un régimen democrático, como si fuera fácil hacerlo para gentes que nunca conocieron los modos habituales en Occidente. Fue el primer político europeo que visitó la plaza Tahrir en El Cairo, que fue el centro de los tumultos que condujeron la salida de Mubarak.
Más allá de las disculpas y buenas palabras, Cameron estaba acompañando en gira por muchos representantes de fábricas de armamento (Inglaterra vende armamentos por 25.000 millones de dólares anuales), lo que provocó el sarcasmo del periodismo londinense, conocedor  de que varias de las más fastuosas mansiones y castillos en suelo británico son propiedad de jerarcas árabes, como la familia real de Bahrein, de Arabia Saudita y del mismo Kadafi.

La Casa Blanca y las alfombras mágicas
Mientras observa con preocupación la andanada de rebeliones en el Oriente Medio, Washington enfrenta una situación seria: que los presidentes árabes sean derrocados y los jeques de las monarquías sigan en pie. En el mapa de operaciones del hoy que se extiende desde Irán hasta Marruecos, dos presidentes son historia: Hosni Mubarak en la tierra de las Pirámides y Zine El Abidine Ben Alí en Túnez, otro que está en la cuerda floja es el presidente de Yemen, Alí Abdullah Saleh, un pícaro autoritario que manipuló eficazmente a las facciones de su país durante varias décadas para perpetuarse.
Además la situación crea un problema mayor para los Estados Unidos, que recibió el apoyo del gobierno en las operaciones terroristas y que ahora anuncia elecciones a las cuales no se prestará. Por el momento, en Bahrein, el rey Hamad Ben Isa al-Khalifa logra sobrellevar la crisis aunque con una brutal represión, pero sigue teniendo el apoyo de los estadounidenses, cuyo gigantesco asentamiento militar podría correr riesgos si cayera el rey.
La Casa Blanca cree que el rey Abdullah de Arabia Saudita conservará su trono, al igual que los emires del Golfo Pérsico, que todavía no tuvieron insurrecciones populares o castrenses. Abdullah II, de Jordania está moviéndose con gran pericia para conservar el poder, aunque está alerta ante una población palestina que puede traerle problemas.
Obama hizo llegar claramente sus mensajes diplomáticos a los monarcas y casa reales, aún a los que encabezan las administraciones más represivas: a la realeza árabe EEUU ofrece respaldo y seguridad, pero conserva un distanciamiento con los presidentes autocráticos que luchan por la sobrevivencia. Algunos de los jeques árabes han ejercido el poder tan duramente como los presidentes, pero pueden mantenerse por encima de la turba y del gobierno. Ya sabemos que los presidentes árabes creen que fueron elegidos democráticamente, aunque casi todos los procesos eleccionarios han sido fraudulentos, la pantalla de legitimidad desaparece cuando las sociedades estallan por el descontento.
Consideremos que estos presidentes gobiernan naciones muy pobladas, que no tienen las riquezas petrolíferas de los reyes del Golfo, lo que permitiría calmar a la población con mejoras salariales y reducciones en los impuestos, no olvidemos que en los últimos tiempos los terribles aumentos en los cereales, en especial el trigo, elemento esencial en la alimentación del pueblo árabe, daña la economía y los bolsillos.
Astutamente, los reyes de Jordania y de Arabia tomaron medidas que favorecen a la población y con ello controlan la situación. Un caso paradigmático es Libia, en donde encontramos al coronel Muammar Kadafi, que no es presidente ni es rey y que llegó a la catástrofe con una celeridad sorprendente.  Mientras que en Egipto el mismo Obama habló con Mubarak, ningún funcionario de la Casa Blanca se comunicó con el líder libio.

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